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Reseña de la película “Elvis” de Baz Luhrmann

Luhrmann: Lo esplendoroso, lo colorido, lo mayestático. El Puccini del séptimo arte. La grandilocuencia de un circo andando, en donde avanzamos, giramos, subimos a lo más alto y nos arrojamos al vacío, mientras todo alrededor da vueltas, gira incansablemente, sin hacernos perder ni un solo instante la atención. Y dirigiéndonos siempre hacia el punto final: el desborde de la acción, la emoción al límite, y la tragedia.

Después de nueve años, desde “El gran Gatsby”, Baz Luhrmann reaparece con esta biopic en donde nos trae la música de Elvis Presley, en una narrativa centrada más en su relación con el público y con su manager Tom Parker (interpretado por un malicioso Tom Hanks, como pocas veces lo hemos visto). La influencia de la música afroamericana serán las notas que lo habrán de marcar para siempre, aquel primer acercamiento al góspel, y la forma en cómo exclaman y gritan y se retuercen los cantantes negros. Las notas a las que aspiran para, a través de falsetes, llegar a agudos realmente sorprendentes. Cantar a la madre, a Dios, al hogar. Una canción de amor, o para no perder el rastro y saber llegar a casa.

Estamos frente a una época en donde se luchaban por las clases raciales, y entonces, la pasividad del country se ve atrozmente desplazada por la furia y agresividad del rock. Un grito de protesta, pues no es que solamente se traten de notas y atuendos rebeldes: la gente quería sacar lo que llevaban guardando por mucho tiempo. Y entonces, Tom Parker encuentra a lo que sería el futuro de la música y la historia: un joven rebelde que enloquecía a las jovencitas, incluso más que por la música, por la forma de retorcerse en el escenario. Su forma de bailar, levantarse sobre las puntas de los pies, flexionarse, arrojarse al suelo: al público que agonizaba junto con él. Se había descubierto algo que no se había visto antes, ni escuchado. Los acordes rápidos, repetitivos, desplazamientos fuertes que parecían electrizar las guitarras. Primero, cantando sobre alguna chica guapa, sobre el amor; después vendría a ser una protesta social. Y entonces, a Parker le empezaría a molestar aquella rebeldía con lujuria, y se fijaría entonces el objetivo de irlo convirtiendo en otra cosa, en otro, algo que nunca fue.

Elvis, cuya interpretación la hace el posiblemente nominado Austin Butler, está siendo rodeado de los más grandes de la música, y vemos sus breves apariciones o menciones hechas a través del filme: B.B. King, Hank Snow, Jimmie Rodgers, Sister Rosetta Tharpe, Little Richard, Mahalia Jackson. Esto no es sólo un homenaje al hombre que nos cautivó con “Jailhouse Rock”, sino también un homenaje a la música de los cincuentas y sesentas. Un homenaje a la lucha por la justicia racial, y una época de violencia en Estados Unidos, fortalecida por eventos como los de los asesinatos de Martin Luther King, Malcolm X, John F. Kennedy y su hermano Bobby Kennedy. Tiempos de confusión, en los que la sociedad estaba sometida ante una tormenta política y racial, naufragando todos a la deriva. Entonces, el único rescate al que se podía uno acercar, era la música, y quizá también la única forma de gritar.

Elvis, el músico que lo cambió todo, y su mánager que se lo arrebató todo a él. El antagonista fue quien llevó a Elvis a su destrucción, privándolo de sus sueños y su libertad. Irónico que un músico blanco, negro de corazón, haya terminado siendo esclavo. La ambición de Tom Parker habría de llevarlo a hacer hasta lo inaudito, y frente a la pasividad de su padre, Elvis caería en un torbellino, en donde perdiera todo sentido y no encontrara ya el camino de vuelta a casa. Un Elvis atrapado en su propia trampa.

Baz Luhrmann nos muestra, son su estilo tan kitsch (en el buen sentido), una montaña rusa de emociones por las que atraviesa Elvis y cómo poco a poco se pierde hasta olvidarse de él. El frenesí de las Vegas, como el que vivimos en Moulin Rouge con su Can Can, las piruetas visuales y acrobacias que hace la cámara, con una banda sonora capaz de seguir electrizándonos hasta hoy, pasado ya poco más de la mitad de un siglo. Luhrmann nos hace querer ponernos de pie a bailar, arrojarnos a la pantalla para tocar a Elvis, sentarnos y apiadarnos de él. Nos hace llorar con ese “Elvis” real sentando frente al piano, en una de sus últimas presentaciones, cantando, desgarrándose, muriéndose por dentro, interpretando “Unchained Melody”. Un Elvis al que le arrebataron el brillo en sus ojos, gordo, consumido por las drogas, devastado. Un Elvis, que hoy en día, sigue siendo una figura mítica inalcanzable, que nos sigue hablando, y que, como el río que fluye al mar, es inevitable no terminar caer rendidos ante él.

Víctor Daniel López
< VDL >

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