Te matan por hablar.
Pintan grafitis hechos de sangre en las paredes de la ciudad
(sobrescribir en las palabras caras sonrientes
porque aquí no pasa nada,
todos felices,
bailando descalzos sobre estacas de madera,
sólo así nos vamos acercando a la muerte sin darnos cuenta).
Las metrallas nos apuntan si dices algo que no debes,
si eres de un bando, si eres del otro,
si estás del lado del cartel
o llenas tus bolsillos de monedas que no sabes de dónde provienen.
Te matan por tener dinero,
por no tenerlo, también.
Si cuentas hasta tres, Hacienda ya te habrá dejado sin nada.
Si cuentas lo que te pasa, te quedas sin plata, sin voz y sin vida.
Te matan por escribir.
Te secuestran y cubren tu cuerpo de plástico.
Te arrojan a los perros, que no se sabe si son perros o el mismo pueblo.
Lo único que dejas: tu sandalia.
Lo único que sabrán de ti: el número que calzas.
Aquí no se puede ejercer,
no puedes tener enemigos
y los amigos no existen.
El peligro asecha en cualquiera de las cinco esquinas
(todo es hipocresía).
De las montañas baja la sangre
y corre hasta estancarse en los ministerios,
los parlamentos, de los guerrilleros.
Los que lanzan la voz a los aires,
a ver quién la atrapa o quién le pega un tiro como si fueran patos salvajes.
De los que sufren, los que dicen:
aquellos valientes que arriesgan sus vidas
para dar visibilidad a todo lo que se pudre.
Te matan por pensar.
Si dices «no» van directo por ti.
Te matan por no ignorar,
por inventar palabras que nunca han estado al alcance del saber.
Si llevas una cámara o una libreta habrás sellado tu muerte,
porque en Latinoamérica te matan por contar la verdad.

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