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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

El llanto que llegó tarde

Soy un hombre que no lloré cuando salí del vientre de mi madre.

No lloré durante toda la primera noche vivo de mi vida.

Los doctores se asustaron.
Mi madre tuvo el miedo de verme morir cargado a sus brazos.

No lloré cuando nací,
esa primera noche en que descubrí el mundo,
como la primera vez en que se ve el mar
o en que se ven los senos de la primera mujer que uno ha de amar.

Ahora,
pasados los años,
puedo decir que soy un poco más hombre,
no, no hombre,
sino más bien más persona, más humano.
Ya lloro,
y no me da miedo decir que lo hago mucho,
en donde sea
y por lo que sea.

En el cine, en el teatro.
Lloré con mi primer beso
y también la primera vez que me rompieron el corazón.
Lloré con la muerte de mi perro
y la de mi abuela, las de mis tías.
Lloré al final de lo que fue mi infancia,
también al aparecer los primeros indicios de adultez,
con sus mil miedos y responsabilidades
(cuando creía no poder con la vida,
no saber a dónde ir
y si a donde iba, iba bien).

Ahora lloro con casi cualquier cosa:
con la lluvia,
con gardenias,
con la luna.
Lloro con el vuelo de la mariposa,
cuando los colibríes no encuentran su néctar
y con el chillar de las cigarras en las noches oscuras y solas.
Lloro con el tequila,
el ron y el aguardiente,
con la ranchera, la trova
y el acordeón del vallenato.
Lloro como Chavela lo hacía, como Lorca escribía.
Lloro con un vaso simple de agua,
con la ópera y las revistas mediocres.
Al contemplar el amanecer en las montañas bebiendo un café,
al ver un meteoro pasar y pensar en cuántos años luz habrá de recorrer aún más.
Lloro con las noticias,
al consultar los relojes y saber que el tiempo se me pasa,
al saber que yo paso,
con el invierno, el polvo de mis libros
y los atardeceres que incendian lo que será la noche.

Ahora es que lloro en donde sea,
cualquier lugar,
no importa:
en mi cama, en la ducha,
los aeropuertos
y estaciones de trenes.
En los bares,
dentro de los baños de mi trabajo,
y en los cuartes tristes de moteles.

Lloro en donde sea,
acompañado y solo,
aunque aún más si estoy solo y nadie me ve,
porque llorar en soledad es como reventarse un grano
y dejar que todo salga:
la piel se regenera,
y todo empieza de ceros, de nuevo.

Yo fui alguien que no lloró cuando vino al mundo,
ahora he llorado todo lo que no lloré aquella noche.
Y tal vez, cuando llegue mi muerte,
me quede ya sin lágrimas de tanto llorar.

Entonces regresaré de la misma forma en que vine:
sin derramar ni una sola lágrima.
Sin llorarle al miedo de pasar la puerta de lo que siga.

Lo que venga, no importa.
Ya llegaré.

Víctor Daniel López
< VDL >

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