El pensamiento en un cuerpo enajenado que lo aprisiona. La idea esclava de las sombras. Libertad que quiere salir y sólo termina encajándose más y más en la carne y los huesos. Las manos atadas para no quitarse la soga. Y la sangre que continúa corriendo, como ríos de lava, fundiendo todo alrededor suyo por donde pasa. Así, hasta que la oscuridad sea palabra. Es por eso que escribe: para abandonarse, para dejarlo todo ser. Se dice que escribe, aunque al final no diga nada, aunque solamente sea para él.
Un hombre que se encuentra tal vez a la mitad de su vida, o un poco menos (cuando llegas a la mitad de distancia, te desorientas, y tampoco puedes ya andar al mismo ritmo). Disminuye el paso. Se cansa, necesita aire; y de noche, los inviernos, las tardes de domingo, piensa de más. Siempre de más. Hasta que a veces termina ahogándose. Se da cuenta que de pronto lo que sabe es que en realidad no sabe nada. Más bien piensa en todo lo que le gustaría saber: el nombre y la ubicación de todas las constelaciones, el nombre científico de cada planta y cada árbol, saberse toda la poesía de memoria sin tener que consultar ni un sólo libro. Le gustaría saber también cuál es la mayor profundidad del mar, y qué tipo de especies allí se encuentran, si hay criaturas que no se han visto, si hay luz, si hay vida en ese rincón tan lejano de la tierra, o tal vez vida arriba, en otros planetas. Siempre mirando las estrellas, preguntándose si hay alguien más, si hay más que todo esto. Le gustaría saber cosechar café, árboles de plátano, o cómo tener su propio huerto de tubérculos. Le gustaría saber leer música y leer braille. Leer también las miradas de los otros. Saber la distancia exacta que hay entre el Zócalo de México y Finisterre. Saber francés, italiano y alemán para entender todas las óperas sin tener que leer el supertitulaje. Sabe poco, casi nada, pero lo que sí sabe es que quisiera poder hablar de mecánica cuántica como del clima, o descifrar la veracidad de las teorías de la neuroplasticidad, y saber si en verdad es posible cambiar la mente con los pensamientos, con las ideas el cuerpo. La realidad que existe no la comprende, ni sabe nada acerca de ella. Tan sólo que otras cosas hay igual de incomprensibles: como el amor. La partícula de Dios, todas las criaturas de todas las mitologías y todos los bestiarios, cómo extirpar un tumor cerebral (no importa si es con bisturí, con hierbas, o ritos místicos). Y hablando de medicamentos, le gustaría encontrar también la solución a aquello que últimamente está padeciendo todos los días. Lo que siente es un cansancio que ya no puede con él. Un agotamiento de tanto pensar y darles vueltas a las cosas, pensar lo que no fue, lo que pudo haber sido, lo que es y si en verdad quiere eso ser. Lo que será, y si es posible decidirlo, o simplemente ya está. Siente a veces el deseo de salir huyendo, de regresar al único lugar en el que fue libre. El miedo a la medianoche, a dormir y no despertarse. Es eso. Un miedo enorme y aterrador que no había sentido antes, y que de pronto emergió de la nada. Por eso, desearía, sobre todas las cosas, saber qué sucede, entender qué hay después, si es que hay algo, o si te apagas de pronto y para siempre. Saber qué hay detrás y qué delante de esto tan pequeño que está en medio. Qué sucede al final, a dónde es que se va cuando todo termina. Porque tal vez sea eso lo único en realidad que sepa de todo lo poco que sabe: que le tiene miedo a la muerte.
Víctor Daniel López
< VDL >

Deja un comentario