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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

La libertad del mar

Despierto todas las noches de madrugada
llorando por el mar lejano
de tus tristes manos,
el mar de las calles frías,
eco de las olas grabado
en un caracol de piedra,
llorando por la arena
y el color de unos ojos que no he logrado olvidar:
porque todo se ha fundido al ocaso,
porque todo es y será pasado.

Ojos de perla
y piel esmeralda;
despierto de madrugada
suplicando, implorando,
poder verte una última vez,
para escuchar el murmullo nunca apagado del mar;
atreverme a hablar, decirte mi nombre
para poder así volver a sentirme libre,
como cuando se podía navegar por el mar,
la mar de tu mar.

Y entonces: verme rodeado de esas cálidas paredes que alejaban los monstruos de noche. Donde no existían las pesadillas. Y uno se reconciliaba con sus propias sombras, sombras de la noche, la muerte rondando a cada uno, largo viaje a la oscuridad del corazón de las mujeres y hombres perdidos, sin rumbo.

Aún sigo despertando todas las noches,
llorando, bañado en el sudor de los suspiros muertos.
Felicidad al pensar que esta vez sí es real,
para luego finalmente terminar despertando
(porque despertar en realidad es cerrar los ojos
e irse a dormir, a donde nunca ocurre nada, sino sólo esperar).
Entonces, lloro de mal,
la nostalgia de saber que aquel tiempo jamás podrá regresar.

Paso así toda la madrugada sin volver a dormir,
recordando los días lejanos de tus manos,
y tus ojos, las piedras del río,
el viento húmedo que nos envolvía como si fuéramos pequeños niños,
queriendo jugar con el mar, y el tiempo, la sal.

Recuerdo el olor de aquel edificio
en donde se reunían todas las almas a punto de expirar:
para volver al inicio, para al fin regresar.
Recuerdo los rostros que no he olvidado,
las palabras que se quedaron en las lluvias de invierno,
el sol del verano que asfixiaba el amor de los ya consumados,
el color de los desnudos árboles en los parques
a donde íbamos a caminar, a hablar en silencio:
de la libertad, del viento,
mientras en el café intentábamos detener aquel instante de pleamar.

Y recuerdo el verde de tu tierra,
la humedad,
el verde de tus manos
y tus bellos ojos tristes pintando la soledad:
del mundo, del hombre,
¡la soledad expatriada de los lejanos días bellos!

Y recuerdo los cabos alzándose sobre los ríos
cual serpientes recorriendo los verdes campos,
y el mar, recuerdo la mar,
siempre de madrugada,
llorando, ahogándome de suspiros, sin ningún alivio,
llorando la noche que me entierra los recuerdos vivos,
como clavos,
recordando mi sueño, los días verdes,
la lluvia, las piedras en las calles, la arena,
recordando las noches tan ajenas a esa noche solitaria y oscura de estrellas,
y deseando cerrar los ojos para soñar de nuevo con estar nadado en el mar,
recordando la mar,
libertad de tu mar.

Víctor Daniel López
< VDL >

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