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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Humo de cigarro

besarla era como fumarse un cigarro de menta:
menta de sus labios, el tabaco,
húmeda tierra, de lluvia y café,
la tierra; labios mojados sabor a madera

su aliento no era aliento común
sino elíxir de vida, olor a campo, pradera,
semillas que germinaban de sus piernas,
su cintura: la hierba,
su cabello enredaderas que me envolvía como la más fina tela

ella era una mujer fértil habiéndose incluso acostado con el sol todas las mañanas desde que hay luz

el vino salía de sus comisuras para embriagarme las venas,
del arco de cupido escapaba mi nombre,
palabras frágiles que, susurradas a mi oído,
eran como la campana anunciando una gloria
bendito cielo, paraíso de perlas, de flores, la joya,
droga eterna, deseo efímero, mortal amapola

uno bebe el veneno de los ángeles para obtener la inmortalidad
(la vida posada en los ojos de una mariposa nocturna que vuela sabiendo a dónde ha de ir);
la lluvia fría como antídoto inmune contra la soledad
(¡mojémonos de besos para que nadie nos vea!,
pues sólo en el agua es que podemos dejar de ser granos de sal);
los senos de una luna desnuda, ebria, danzante,
como dos perlas recién salidas de las profundas aguas del mar
(y entonces la muerte deja de existir cuando te beso),
y entonces caen las estrellas para traer libertad a todos los presos,
y para todos los murciélagos ciegos que aman la noche: la oscuridad

cuántos deseos en los hombros sobre los que yace la noche más noche de todas,
y yo te confesé mi vida entera en apenas y unas horas
(¿se pueden declarar todos los secretos de uno en tan sólo una madrugada?)
tú me mirabas con tus ojos de niña perdida sin luna
(¿se pueden reconocer las estrellas del cielo en la mirada anónima de una mujer desnuda?)
el abrazo que dura lo que tarda el alma en dejar de ser alma,
y así se convierten en baile los pasos perfectos,
la trova, el son de la noche,
tú canción y la mía y la de todas las voces,
el abrazo de dos seres que habían olvidado cómo alzar las extremidades
enredarlas en las del otro,
oprimirse y acariciarse,
y dejar que los dedos, las manos, las uñas,
encuentren las cavidades en donde pudieran yacer para siempre
darse cuenta que el cabello del otro, la espalda, el cuello, las mejillas,
no son ajenos, sino también de uno,
y así, entonces, en un segundo de silencio es que puede caber el instante eterno,
TODAS LAS VIDAS,
el mundo, las palabras de los ríos,
los lamentos de los veranos y los árboles,
los suspiros de las ranas,
las lágrimas de los mosquitos,
y las miradas de los venados antes de subir a los montes
cuando atardece, cuando se apagan todos los ruidos, cuando se que queda el silencio y la noche
(los susurros que cobran vida de madrugada y nunca nadie oye
porque se está ocupado pensando en otras cosas, escuchando otras voces)

¡de pronto todo el aire se convierte en cuna para la melancolía del otoño!

sus senos fueron mi velo
mi angustia tu risa,
tus labios mis piernas la herida,
y nuestras pieles, al desnudas tocarse,
cual si extraviadas se reconocieren,
complementáronse la una a la otra
como la lluvia que hierve haciendo evaporar las notas
que nadie puede alcanzar porque sólo son gotas:
de lluvia desnuda y de besos descalzos
desalmando el verano
(cuánto tiempo habían estado las estrellas esperando
cuántas vidas y cuántos años, ¡cuántas pieles desnudas de extraños!)

besarla era como tocar la lluvia
y conocer así los misterios enteros del cielo,
el vapor desprendido del suelo,
tu cigarro apagándose,
apagándose el fuego,
y el humo escurriéndose lejos
junto con tus caderas
y tus piernas largas y flacas
y tu boca, tu aliento,
la noche envuelta de lunares
y las marcas de tus uñas a mi espalda,
clavándome la vida,
enterrándome tu nombre
mordiéndome la nuca, el lóbulo de la oreja,
mis manos sobre tus hombros
tu cadera en mi vientre,
el fuego de la noche que llora y arde y revienta
mientras me asfixio de tu aroma de cigarro y menta
de noche de cuarto menguante que nos convierte en dos seres incapaces de amarse
pues todo va, fluye y se devuelve
(porque toda la belleza en la vida dura lo que tarda la flor en secarse)

besarte era como succionar,
asfixiar la noche,
e inhalar todo el humo de tabaco, vino, café y de flores
el oxígeno de tus pulmones y sangre,
aspirarlo hasta morir,
para sólo entonces así,
después exhalarlo,
aprender a dejarte, para siempre ir,
aunque adicto vuelto ya:
a los besos y a la lluvia
a los mares y a tu pelvis,
los huesos que no se corroen con el tiempo,
las luces de la noche y el silencio de los ojos,
adicto al tabaco y al humo,
a la menta
adicto a tu nicotina

pero aquí viene otra vez…

(tan sólo uno,
sólo otro más,
un cigarro me iré a fumar:
un cigarro para recordarte
y el humo para poder olvidar
)

Víctor Daniel López
< VDL >


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