Esta es una historia que de corta igual lo tiene de lamentable e injusta, una historia que pasó tan rápido como pasan siempre las grandes cosas que le suceden a uno. Estos eran, pues, un hombre y una mujer que jamás antes habían soñado el uno con otro, pero que un día se toparon de frente y quedaron desde entonces locamente atraídos, jodidamente enamorados. Él era mudo, y ella, aunque sólo era sorda, jamás pudo convertir en palabras sus sentimientos por hallarse en ese momento atada a un árbol que le cortaba la voz justo antes de salirle por la boca. Pasaron los años, y entonces, una noche de invierno en que llovieron estrellas en el pueblo en donde ambos vivían, fue que él pudo recobrar la voz y ella la capacidad de percibir los sonidos; el árbol al que ella se encontraba atada, también se hubo quebrado, dejándola libre y con la osadía de poder mostrar al fin la revelación de sus emociones. Así que siendo bendecidos por la suerte, decidieron lanzar el grito al cielo confesando la sangre que desde hacía tiempo hervía dentro de ellos, y justo cuando comprobaron que su amor había sido siempre correspondido, corrieron a abrazarse para apagar tanto deseo en un beso que durante mucho habían anhelado y soñado, pero la suerte duró poco, porque justo en el momento de unir sus labios fue que a él le salieron unas alas enormes y a ella se le pegaron las piernas hasta convertírseles en una aleta. Sin saber qué ocurría y llenándose de un pánico alucinante, gritaron, lloraron y se revolcaron sobre la tierra implorando clemencia. Poco a poco él se fue convirtiendo en un majestuoso ave, lentamente ella se hizo una dulce sirena. Y entonces, dentro de aquellos nuevos cuerpos, siendo ambos nuevos seres, fue que comenzaron a asfixiarse al no corresponder al mundo en que se hallaban. A falta de cielo, él se fue elevando a los aires; a falta de agua, ella optó por lanzarse a los mares. Y así es como esta desdichada historia termina, aunque al pasar los días, ella al final pudo volver a encontrar el amor en un tritón del cual quedó enamorada, amándose así mutuamente bajo la corriente en espuma y olas; con respecto a él… él se quedó el resto de su vida flotando en los aires, libre totalmente, pero tan solo y triste como el viento mismo que corría en dirección opuesta y huyendo de todas las aves.
Víctor Daniel López
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