Mientras sentada en una blanca
hablando con otro me veías,
él no te acariciaba la mirada,
era yo quien te tocaba el alma.
Jugabas con tu pelo para mí.
Te mordías las uñas para mí.
Te vestiste esa tarde de negro para mí.
Fui a perderme a la sierra yo para llegar sólo hasta ti.
Me viste, nos hablamos de miradas,
nos buscamos sin buscarnos,
como dos niños jugando a la rayuela,
los dos deseando llegar a la línea sin quemarnos.
Mientras te vi partir con otro,
los dos supimos bien que ese debía de ser yo;
por detrás de la iglesia del pueblo te alejaste,
y sin voltear a verme atrás apenas y dijiste “adiós”.
Víctor Daniel López
< VDL >


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