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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Raíces

De aquel cuerpo muerto sobre la tierra y ya en estado de putrefacción, comenzaron a brotarle raíces que iban saliendo lentamente de toda parte de donde pudieran: los párpados, la boca entreabierta, las cavidades en sus oídos, los orificios de la nariz que anteriormente aspiraban el aroma de las horas. Atraídas por la luz solar iban creciendo, y conforme crecían, iban lentamente cubriendo todo el cuerpo hasta lograr dejarlo bien envuelto y por completo, no dejando así ni un rastro visible de lo que sea que antes fue. Las raíces se alimentaban de la poca sangre que aún corría debajo, absorbiendo de ella cada parte del alma que lloraba en susurros la vida vencida por la muerte. A las pocas noches, debido al buen tiempo fresco y a la tierra fértil, se manifestó un tallo grueso, púrpura y sin espinas, pero con veneno dentro para quien intentase cortarlo o cogerlo. Suave, con latidos dentro y erguido con la vista alzada fijamente al firmamento. Pasaron los días, y entonces, aunque aún no era primavera sino finales de invierno, dieron nacimiento largas hojas perfectas de un color que jamás se había visto en el mundo que aquí conocemos: hojas finas, tan bellas, pero a la vez grandes, tanto, que su peso hacía que colgaran a ras del suelo, pareciendo la falda de un vestido que cubre las delicadas piernas de una mujer inocente y virgen. Después salieron los pétalos, y del centro de ellos, pequeños pistilos, mismos que desprendían un aroma suave y dulce que hacía perder la consciencia a cualquier ser que se encontrara cerca, llegando a producir hasta una ceguera mental capaz de inducir un nuevo nacimiento desconocido para todo hombre. El cuerpo, ahora convertido en flor, se alzaba cada día más al cielo hasta que dejó de ser flor y fue entonces árbol. Fuerte, robusto y recto. Aun así no dejó siquiera un instante de seguir alzándose, tratando de alcanzar el lugar de donde sus semillas, algún tiempo atrás, habían caído junto con las lágrimas del cielo, en forma de lluvia. Se estiraba hasta lograr traspasar las nubes y aquella barrera de la capa atmosférica que filtra los rayos de luz, deseando cada vez con mayor fervor volver a aquel lugar de donde venía, retornar a su hogar, allá a donde pertenecía. Luchaba día y noche por poder tocar con sus pétalos, palmas de sus manos, con su sangre y aliento, el océano infinito de estrellas y soles y otro tipo de astros, para fusionarse así con el destello de una mirada que desde todos los siglos ha permanecido activa, observando el transcurrir del tiempo, la esencia de todo, el ahora y la nada. Sentía esa gravedad inversa, el llamado a retornar a su verdadera esencia, dejando de ser cuerpo, dejando de ser flor y dejando de ser árbol. Dejando todo para comenzar a ser lo que de verdad siempre fue.

Víctor Daniel López
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