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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Sobre la Femme Fatale y su figura en la ópera «Carmen»

“Libre elle est née et libre elle mourra!”

Siempre he sufrido de una debilidad ante los hechizos de mujeres fatales, sea en la historia del arte, o en la historia de mi propia vida, no puedo resistirme ante sus encantos, la fuerza que emana de sus manos, la libertad que hay bajo sus labios. La mujer fatal es, sin duda, una figura cautivadora, al igual que peligrosa, como lo son quizá las mejores cosas de la vida. La mujer fatal es como la sirena que te atrae con su canto, endulzándote el oído y el corazón, hasta que de pronto, sin darte cuenta, pierdes la cordura junto con toda tu fuerza, y entonces así es que puedas ser totalmente de ella. Al igual, son como vampiros disfrazados que te absorben de a poco la sangre, lentamente por la noche y mientras duermes bajo sueños hipnóticos que te hacen desear no querer despertar. Uno al leer estos símiles, pensaría de primera instancia asustarse al encontrarse con una de ellas por el camino, pero la verdad es que en ese primer golpe, resulta todo lo contrario: pareciera un golpe pero de suerte, delicioso, un dulce exquisito que nos elevará tan alto como se pueda, y aunque sólo sea para después caer, de rápido, sin previo aviso.

En la ópera, las historias que más pasión me incitan son también aquellas que hablan precisamente sobre alguna femme fatal que provoca el más profundo enamoramiento en un pobre hombre cuya aventura más grande que ha tenido, y tendrá en la vida, es precisamente esa: la de enamorarse. Pero no de una mujer cualquiera (¡bueno fuera!), sino de una mujer que le hará sentir lo mejor y peor de todo, sobre todo lo peor, hasta destrozarlo y dejarlo sin nada. Estas historias nos regalan las arias más hermosas, justo cuando los hombres se encuentran enloqueciendo, o justo cuando las mujeres cantan a la libertad; cuando el amor efímero hace su presencia para recordarles a todos que el amor eterno es el que apenas y dura tan sólo un rato, pero dura para siempre, mientras dura; cuando la gente lo pierde todo, o muere, o peor aún, pierde y muere. Como máximos ejemplos, podemos hallar a la Traviata, a Manon, Anna Nicole o a Salomé. Como dato característico, por lo general las femmes fatales operísticas casi siempre son representadas por la voz de una mezzosoprano dramática.

Como máxima representante de estas, “Carmen” resulta ser la ópera por excelencia. George Bizet recrea la historia de aquella gitana cigarrera de la novela del escritor Prosper Mérimée, para convertirla en una de las óperas más célebres y exquisitas. Mérimée fue un arqueólogo y escritor francés obsesionado con las historias que sucedían en tierras lejanas a la suya, por eso gustaba de viajar e ir recolectando todo cuanto veía en su camino, para convertirlo después en letras, en novelas que parecían diarios. Su obsesión por España, por la cultura gitana y por las historias, fue lo que lo llevó a la cordobesa Carmen. Ambas versiones, la novelística y operística, siguen casi la misma línea, a excepción de pequeñas diferencias como la línea narrativa, claro ejemplo de ello resulta la presentación de los personajes, así como el encuentro entre José y Carmen, ya que en la novela de Mérimée ocurre el famosísimo evento del reloj que el arqueólogo narrador pierde en casa de Carmen al aceptar que ésta le lea el futuro, y acusando el pueblo después al inocente y pobre Don José de ser el ladrón, siendo así éste apenas el inicio de las muchas desgracias que le traerá la fatal gitana. Pero en ambas versiones, lo indiscutible y realmente importante es que Carmen no deja de ser una gitana por la que todos los hombres mueren, todos menos José, y es precisamente por esta indiferencia que Carmen se fija en él (si no me quieres, te quiero; si te quiero, ten cuidado); y sólo será cuando éste verdaderamente la vea y se quede con la rosa que ella le obsequia (“la fleur que tu m´avais jetée”, escúchese la magnífica interpretación de José Carreras), que también caerá idiotamente enamorado, llevándole sus sentimientos traicioneros a la perdición, y es que él es un hombre común, un simple militar, mientras Carmen es una mujer libre, una mujer que anda en busca de aquel amor que no lo hace a uno esclavo, sino todo lo contrario: libre como el pájaro rebelde que no puede vivir sin el cielo que se abre a sus alas, sin volar ni pertenecer a nadie (l’amour est un oiseau rebelle). José, rechaza a Micaela (exenta en la novela de Mérimée y que Bizet la creó en una soprano para equilibrar tanto el personaje de Carmen, como la estética del canto), aquella que cumple con los valores familiares a los que debería apegarse, pues resulta ser esa chica dulce, tierna y fiel a él (“Ma mère, je la vois”, el dúo más hermoso de la ópera); pero José preferirá darlo todo por la terrible Carmen, lo hará todo, hasta matar y terminar por convertirse en un bandolero, a sabiendas de que aquella gitana le miente, juega con él, y lo sabe (“Mentía, señor, siempre ha mentido. No sé si esa mujer ha dicho en toda su vida una verdad; pero, cuando hablaba, yo la creía: era más fuerte que yo”). ¿Y es que quién no se ha visto envuelto en tal contradicción: preferir el peligro a la calma, la seducción a la dulzura, la mentira a la franqueza? Pero quizá sea que Carmen no miente, sino que sólo gusta de ser ella sin rodeos y disimulos, ser simplemente ella como es y con la libertad que se carga. Carmen también es una mujer que, desde el comienzo de la ópera, pareciera andar buscándose su propia muerte, con sus acciones es como si la atrajera, cual si la deseara con todo su ser y como si ésta la pudiese hacer todavía más libre (su fatal destino nos lo anuncian desde la obertura con el leitmotiv que se repetirá a lo largo de toda la ópera y el trémolo de cuerdas que hace sentir el suspenso de que algo trágico está por acontecer). Y es que Carmen no le pertenece a nadie, no, ella no le pertenece a ningún hombre, indudablemente a ningún nombre, y tal como las gitanas, tampoco a ninguna tierra, por eso gusta de andar de aquí para allá, sin hogar, sin nada a lo qué aferrarse, ni a la vida misma, pareciera.

Como último dato, curioso, y también mágico, como siempre resulta en la ópera, tres meses después del estreno de Carmen, en 1875 en L´Opera Comique de París, la única mezzosoprano que había aceptado hacer el papel de ésta, Celestine Galli-Marie, sufrió un desmayo justo en el aria de las cartas, y cuando fuera de escena le preguntaron qué fue lo que había ocurrido, ella contestó que justo en ese momento tuvo de verdad una premonición en la cual veía morir a Bizet. Esa misma noche, el compositor en efecto murió, a los treinta y seis años y después de haber vivido con Galli-Marie un romance apasionado extramarital. Paradójicamente, Carmen resultó ser también la femme fatal de Bizet, privándolo de la vida y del éxito que resultó ser “Carmen” dentro de toda la historia de la ópera; su propia femme fatal que lo condujo al largo letargo de la muerte sin retorno.

Y es que, al final, si una mujer fatal se cruza por nuestro paso, aunque sólo la veamos pasar y nada más, la verdad es que ya jamás podremos olvidarla (como decía Valle-Inclán). Porque representan la emoción, el deseo y la sexualidad en sus apoteosis, como ninguna otra nos hará sentir. Son mujeres que te consumen, como el fuego ardiente, el frío que mata, como hechizo, la oscura noche o el río que fluye y se lo lleva todo. Resultan, en su mayoría, ser causa de asesinatos, de suicidios, traiciones, razones de guerra y hasta de destrucción de toda una nación. Por eso, si llegamos a toparnos con alguna, estemos advertidos de que volteará a vernos con sus ojos de Medusa para cantarnos la Seguidilla, aquella aria hipnótica y seductora que sólo logrará atraernos más y más hacia ella. Sólo entonces no habrá otra posibilidad que no sea el estar por experimentar el cenit del deseo, la fugacidad de un amor que tan sólo puede recaer en la pasión desenfrenada y sólo en el tiempo que la mujer así lo establezca (“quizá nunca, quizá mañana, pero hoy no”). Entonces, de esa forma, nos haremos vulnerables, frágiles, volveremos a ser niños que dependan de su madre y a los que cualquier mujer que no sea ésta, sólo pueda representarles un peligro. Nos volveremos ciegos, sordos, perderemos la cabeza, el poder y toda riqueza, confesaremos nuestros más profundos deseos como lo hizo Sansón a Dalila (mon coeur s’ouvre a ta voix), y terminaremos como el pobre don José envuelto de celos, de histeria, y furioso al no soportar que Carmen sea una mujer libre, como pájaro o una rosa. Nos veremos reflejados en él y recordaremos aquel final en el que se encuentra ya totalmente perdido y loco, con las manos embutidas de sangre y parado frente al cuerpo inerte de la tal Carmen que le quitó todo, y mientras detrás suyo, en la plaza de toros (le cirque est plein, c’est jour de fête!), el público aclama la muerte de una bestia, por aquel torero Escamillo que le hubo privado también de la libertad, aquella que siempre, pero siempre, y más tratándose del amor, resulta peligrosamente mortal.

Víctor Daniel López
< VDL >

– «Toreador, el amor te espera.«

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