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Análisis de la tercera temporada de «Stranger Things»

Apenas hace unas semanas se estrenó la tercera temporada de Stranger Things, y fue una sensación. Sí, quizá se repitan cosas que ya habíamos visto en las anteriores, pero sin duda ésta es, a mi parecer, la parte mejor lograda de todas. Si bien la primera nos sorprendió por la propuesta nueva que traía a Netflix, la segunda quebrantó un poco sin tener el mismo éxito; sin embargo, en esta última, los Hermanos Duffer logran un manejo inigualable de la estética como de la narración de la historia, haciendo casi cada escena perfecta, armoniosa y haciéndote mantener al filo del asiento en todo momento.

Las referencias al nostálgico mundo de los ochenta continúan, y seguimos contemplando grandiosos homenajes a Stephen King, John Carpenter y Steven Spielberg. En cada capítulo, los directores logran recrear esa década colorida y con estilo, hasta en el más mínimo detalle: los productos de consumo, la banda sonora, la publicidad, la ambientación, la típica caracterización de los personajes en películas de terror y ciencia ficción, en la iluminación, el estilo de vida, los looks. Grandes alusiones podemos encontrar a “Indiana Jones”, “Stand by me”, “It”, “Back to the future”, “Alien”, “The thing”, “Jurassic Park”, “Terminator” y muchas otras películas que marcaron un hito en la historia del cine ochentero.

Esta tercera entrega, es además la más emotiva y cargada de reflexión. Los personajes ya se encuentran bien construidos y espléndidamente interpretados por
todo el elenco actoral (aprovecho para admitir mi fascinación por Winona Ryder). El grupo de amigos que comenzó la serie siendo tan sólo unos niños, ahora
se encuentra ya en la etapa adolescente, donde se cambian los juegos por situaciones que exigen ser hombres adultos, la infancia por sentimientos nuevos que se descubren, los amigos por novias. Tal como la novela de King, «Stand by me» (y llevada muy bien al cine por Rob Reiner), en esta ocasión el tema principal de la historia es el fin de la infancia, la lucha en ese crecer, tener que madurar. Y muchas veces, los verdaderos monstruos y criaturas con las que debemos luchar no son otra cosa que nuestros propios miedos con los que hemos crecido, el miedo que vive en nosotros de no saber a dónde ir o qué irá a pasar después. Lo más difícil en el ciclo de la vida quizá sea precisamente esa etapa, dejar el niño que fuimos, y aunque se haga con los amigos, como puede resultar a veces consolador, otras, puede ser más difícil de lo que se creería (la desgarradora escena en la que Mike y Will discuten bajo la lluvia es el reflejo exacto de esto que hablo). Porque la infancia no dura para siempre, ni sus juegos, ni la inocencia. La amistad, quizá sí, pero se transforma, evoluciona a otro nivel, de otra manera. Como todo, nada es para siempre.

A partir del cuarto capítulo, va evolucionando más la intensidad de la historia hasta que se vuelve totalmente adictiva y no se puede dejar de ver. Cinco historias van corriendo paralelamente a través de todos los grupos de personajes, y que al final, logran todos los caminos bifurcarse llegando a un clímax sensacional y emotivo. Todos los géneros están inmersos: el drama, el suspenso, la comedia, el romance, el terror. Sufrimos, reímos y también lloramos (quien no haya hecho esto último con la escena final de la carta, es de otro mundo). En conclusión, esta es una excelente entrega, se cumple con lo que prometieron, y nos hicieron sentir, que al final, es lo que más cuenta. Me gustaría que no hubiera ya una cuarta temporada, pues ese final, a mi parecer, y al de muchos, fue perfecto (así es la vida). Pero sabemos con certeza que lo harán; en esta era, tristemente todo es negocio, absolutamente todo.

La tercera temporada de Stranger Things vale mucho la pena y recomiendo ampliamente verla, pero verla con ojos que ven más allá de lo que aparentemente sólo se muestra, con el corazón abierto, y los recuerdos, no de una década en específico, sino de los propios «ochentas» que a cada uno le representan. El volver, aunque sea sólo por un instante, la mirada hacia atrás, y sonreír: por los amigos, la familia, las aventuras que nos creábamos en la calle, la vida llena de imaginación y de cosas nuevas por descubrir. Sonreír por los buenos tiempos, y la nostalgia de que hayan pasado junto con el tiempo, y la dicha máxima de haberlos vivido.

Víctor Daniel López
< VDL >

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