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María Santa Ribera de mi corazón


Uno no busca los lugares, los lugares te encuentran.

Pocos años tengo de haberme venido a vivir a Santa María la Ribera. Siempre ha sido un lugar que me ha seducido con su color y costumbrismo. El Kiosco Morisco, su alameda, las calles antiguas y construcciones al estilo Art Nouveau. Sus patios, vecindades y parques más pequeños como el Mascarones. Siempre me ha gustado caminar y perderme en el pasado. Quizá porque soy un romántico nostálgico al que se le dificulta aceptar los avances modernistas y comerciales. Tal vez por ello siempre disfruté de mis visitas a aquel barrio, en donde me sentía turista, casi extranjero, pero nunca sin dejar de percibir que de alguna forma era parte de allí. Por algo es que siempre me sentía así. Nunca imaginé que habría de convertirse, años después, en lo que sería mi hogar.

Dicen que los lugares ya esperan a uno, que los lugares nos eligen, y no viceversa. Así fue como sucedió con el barrio de Santa María La Ribera. Me eligió a mí, como si me hubiese estado esperando todo este tiempo. Ven, Daniel, acércate, ya me conoces, sabes que perteneces aquí. Yo era del Estado de México, y a pesar de vivir toda mi infancia y juventud en una zona residencial en mitad del bosque, siempre me gustó la ciudad. La Ciudad de México tiene tanta magia, lo tiene todo, uno va y nunca se cansa de caminar y de andar y de dejar que cada calle, cada piedra, esquina, rincón, te asombre cada vez que regresas. Un secreto nuevo por cada ida. Y así me sucedió con Santa María, un pequeño secreto perdido en medio de la ciudad más cosmopolita de Latinoamérica. La ciudad que nunca duerme, nunca descansa, me dijo una amiga extranjera. Incluso más que Nueva York. Por eso me vine a vivir acá. Una ciudad que, con el paso de los años, cada fin de semana me enseña algo que no sabía. Así me enseñó a la que llamo “María Santa Ribera de mi corazón”. Te elegí a ti. Y no pude fallar.

Santa María la Ribera. El barrio, la colonia. Tanto pasado y tanta historia posee; a diferencia de otras, lucha por conservar su origen, por no traicionarse, porque no la dañe lo contemporáneo, el futuro, sino que se conserve su sangre, lo local. Un lugar en donde, aun estando de visita, te sientes como si hubiera sido siempre tu casa, como si no hubieras salido tan lejos. Pero yo, sin planearlo, por azares del destino, terminé viniéndome a vivir aquí. Me estaba esperando, aguardaba por mí. Daniel, ya te estabas tardando, tenías que estar aquí.

Llevo pocos años viviendo en esta colonia, pero pareciera que ha sido toda una vida. Casi entre Santa María y Atlampa, la línea divisoria que apenas hoy y se empieza a contagiar de la cultura y arte de uno de los barrios más antiguos, con el nuevo taller y galería del artista Boso Sodi y los nuevos estudios de cine que están empezando a levantarse en la zona industrial, detrás de las vías de tren, sobre Crisantemo, pasaje emblemático que inmortalizó Fernando del Paso en su novela “José Trigo”. Los campamentos levantados a las vías, de los afectados del sismo del 85, que al fin están siendo reubicados en dignas viviendas. Hoy en día se ven camiones y equipos de grabación: para cine, para series, telenovelas. Hace décadas Luis Buñuel grabó en esas calles algunas de sus escenas para “Los olvidados”. También, mucho se ha escrito sobre aquella colonia casi fantasma. Poniatowska tiene crónicas sobre ella: las vías, los campamentos y los niños que corren descalzos estancados en un tiempo en donde antes pasaba el tren. Y en Santa María ni se diga, los mejores escritores han volteado siempre a ver hacia allá. Artistas como el Doctor Atl, Amado Nervo, Mariano Azuela y hasta el mismísimo José Alfredo Jiménez, vivieron alguna parte de sus vidas en la colonia: escribiendo, cantando, componiendo, creando mundos que solamente para el ser herido o borracho de pasado, ebrio de vida, es capaz de lograr entrar en ellos. Porque todos estamos hechos de emociones, y el arte es eso.

Estos años viviendo aquí he descubierto tanta belleza. Hay lugares emblemáticos desde el Kiosco, (que antes estuviera en la alameda principal del centro, pero que por mandato de Porfirio Díaz fue reemplazado por el Hemiciclo a Juárez), hasta el Museo de Geología o el Museo del Chopo (conocido por los lugareños como “el Palacio de Cristal”). Cada semana, entre más la recorro, ya como habitante de aquí, vecino enamorado de lo antiguo y tradicional, voy encontrando más cosas grandes por las que estoy seguro de ya no dejar este hogar que tanto he aprendido a amar.

Los viernes me meto al mercado La Dalia, a veces compro mi desayuno allí, a veces los chilaquiles que una vecina vende afuera de su casa por la calle Sabino. También frecuento el mercado Bugambilia, con su olor a flores, a comida, una mezcla de aromas de todas las cosas. Al anochecer, a menos que llueva, tengo mi rutina de caminar por toda la alameda, y me siento en las bancas, camino todo el parque, me siento y veo a los que bailan, a las parejas enamoradas, o a los viejos que han vivido toda una vida allí. La gente que saca a sus perros, los entrena, a la gente que se entrena con ejercicio, con palabras, con miradas. El Kiosco querido, el más bello que jamás haya visto, con su estilo arabesco. Disfruto de comer en las fondas, de comprar acetatos viejos y usados en una tienda que se encuentra sobre Jaime Torres Bodet, llegando a la plaza. Gozo siempre de, al caer la noche, oler a esquites, a pan de La Rosa o de la Universal. Los puestos de tacos, los puestos de garnachas, toda la comida que uno quiera se puede encontrar aquí. Y para el que quiera restaurantes más finos, también los hay: María Cieno38 y Kolobok son de mis preferidos, pero también he descubierto otros como el XUVA´ y su deliciosa comida oaxaqueña gourmet, La Sabino y sus pizzas acompañadas de las mejores quesadillas de jamaica, o el Jametaro en donde se hacen filas para probar su ramen. Lugares icónicos como Las Jirafas o la Pulquería La Joya sobre Eligio Ancona que está desde 1907. Por las noches he recorrido la calle Naranjo, desde San Cosme hasta Ricardo Flores Magón, cuando voy de regreso del cine, del teatro o la ópera, y la quietud de las calles, las sombras de los árboles al fresco pavimento, el aire que corre suave, me protegen siempre, me marcan el camino de regreso. También, para los amantes del arte como yo, están la librería “Volcana” con sus ediciones internacionales e independientes y de gran colección, la Galería Acapulco 62, el antiguo museo Aragón, la Casa de la Cultura a la que voy los martes y jueves a mis clases de yoga, o los recintos y teatros que nos inundan, como el Teatro Sergio Magaña, del que ya hablé la edición anterior y es uno de mis favoritos de toda la ciudad.

Y pasan los meses, y pasarán los años. Y así seguiré descubriendo algo nuevo. Habrá cambio, porque es inevitable, pero la magia prevalecerá ante todo por la pasión de conservar el origen. Hay que saber y respetar nuestras raíces para que los árboles que sembremos después den la suficiente sombra en tiempos de calor, o nos protejan durante las lluvias. La magia aquí la hace todo lo local. Su magia, me he dado cuenta, no la hacen tanto los lugares, sino su gente, que se esmera en dar lo mejor de ellos, sin pretender nada, solamente siendo ellos. Así es Santa María, un lugar que no es pretencioso, que su historia, su ambiente artístico, histórico, gastronómico, y su calidez humana, todo es natural. Así ha persistido por años. Santa María. Y así seguirá. Lugar en donde me vine a vivir, y siempre pensaré que fue la mejor decisión que tomé. Santa María. Me estabas esperando, sí, pero yo también pasé toda la vida buscándote. Al fin te hallé. Nos encontramos. Aquí me quedaré. Ribera de mi corazón.

Víctor Daniel López
< VDL >

Artículo publicado en Voces Santa María la Ribera, editado por el Museo Universitario del Chopo y Cultura UNAM.

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