“Belleza y Virtud” es el nombre de la exposición que está presentándose desde el 21 de diciembre en el Museo de Antropología Nacional de la Ciudad de México y que permanecerá hasta el 28 de abril de 2019, bajo la curaduría de Karina Romero. La conforma una preciosa colección, considerada como de las “más bellas de escultura grecorromana fuera de Italia”, y que consta de más de cien obras de museos británicos y mexicanos, como el World Museum, Lady Lever Art Gallery, British Museum, Antigua Academia de San Carlos y el Museo Soumaya, tanto del periodo clásico, como del neoclásico; en este último, participando obras de grandes artistas como Nicolas Poussin, Sir Joshua Reynolds, William Daniels, Gustave Doré, Giovanni Domenico Campiglia, John Gibson, John Fauxman, Vincentius Votier, Bartolomeo Cavaceppi y Giovanni Battista Piranesi.
El objetivo principal de la exposición es mostrar la esencia central del Neoclasicismo, movimiento que surgió en Europa en el Siglo XVIII, retomando las principales ideas y cánones estéticos de las culturas antiguas, especialmente de Grecia y Roma. En aquellos años, se vivía el denominado “Siglo de las Luces”, llamado así por el cambio que se quería lograr en la sociedad, erradicando la oscuridad de la ignorancia con la luz del conocimiento, sustituyendo a Dios y la religión por los avances revolucionarios y la razón. Países como Inglaterra, Alemania y Francia comenzaban a organizar viajes de expedición hacia las tierras que albergaron las grandes civilizaciones occidentales que hicieron historia en el mundo intelectual, filosófico, religioso y del arte. Había una sed de conocimiento por entender sus culturas, acercarse a su pensamiento y poder entenderlos; tanto fue su interés, que comenzaron a desplazar las obras de sus tierras de origen para llevarlas a sus propios países, y así pudiera la gente que no podía permitirse viajar, acercarse también a ellas. Así fue como surge este movimiento que trata de rescatar todo ello, de volver a las raíces, como en su momento lo hizo el Renacimiento Así, la Ley del Péndulo: el hombre está destinado a siempre volver. Como el mito de Sísifo, subiendo la piedra por la colina para que, al llegar, se la dejen caer, y entonces de nuevo tenga que volver a empezar, así por toda la eternidad.
En la muestra presentada, se podrán observar obras pertenecientes desde el Siglo IV A.C. hasta el XVIII D.C., mostrando precisamente la relación entre una época y la otra, el redescubrimiento de lo antiguo, el retomar de nuevo el culto a lo sagrado y lo estético, pero en ese siglo posterior más por un interés meramente intelectual que religioso. Van desfilando por nuestros ojos bellas obras que escenifican el misterio asombroso de la mitología griega: Apolo, Zeus, Afrodita, Atenea, Heracles, Medusa, Hermafrodita, Dionisio junto con sus sátiros y bacantes. Las obras resplandecen de belleza. Todas cuentan su propia historia. A las más antiguas, se les nota el paso del tiempo, y cómo éste hizo de las suyas (incluso lo hace hasta con el arte). Todo pasa y nada es eterno. A varias se les ve también intervenidas, para que así logren contar la historia completa, aunque en los tiempos de hoy pueda tener otra interpretación, aunque ahora ya no se le considere espiritual y sagrado, pero lo entendemos a nuestro modo, al fin y al cabo, los sentimientos del hombre son y serán siempre los mismos: antes, ahora y por siempre. De eso no hay duda, y, por lo tanto, podemos conectarnos de alguna forma con el corazón de los griegos, e incluso el de cualquier otra cultura.
La cabeza de Medusa tallada en un bloque de mármol que logra helarte la sangre con su mirada de piedra, con sus serpientes de piedra y sus labios, no semejantes a los de una mujer, también de piedra. La misma hechicera ha sido presa, al final, de su propio embrujo. Afrodita, Venus, la nacida de la espuma de mar, tan bella como siempre en cada una de sus desnudas representaciones, pero quizá más, en aquella donde la cargan dos bellos cupidos, siendo símbolo del amor, del erotismo y la más grande belleza; también hubiera sido igual de perfecta aquella otra que sale incompleta, pues le amputaron a sus dos cupidos que aparecían succionándole la leche de los senos, y entonces, en los tiempos de su descubrimiento, fue que la consideraron un tanto vulgar. Atenea, poderosa e imponente, pareciendo no tener misericordia con nadie y estando lista para cualquier guerra, cualquier conflicto entre los hombres y los hombres, entre los hombres y sus dioses. Jarrones neoclásicos, al estilo griego dionisiaco, pintados delicadamente y con buen estilo al blanco, negro y dorado. Una representación, no tan bien lograda ni en lo más mínimo a la de Antonio Canova, de Eros y Psique, pero la que sí resulta ser para mí la pieza más bella de todas las salas, es aquella que muestra a un joven, Eros, acariciando con su mano izquierda a una bella mariposa que posa sobre su pecho desnudo, mientras que la mano derecha se le captura sacando sigilosamente una flecha de su carcaj, con la que dará muerte a aquel animal que representa al alma. El nombre de esta última obra, perteneciente a John Gibson: “El amor acariciando al alma mientras se prepara para atormentarla”: sublime, poético, totalmente cierto. Todo pasa. Todo se acaba.
La exposición termina con el concepto del “Romanticismo”, corriente que siguió al Neoclasicismo en una forma de reacción revolucionaria, oponiéndose a éste, prefiriendo al corazón que al intelecto y la razón. Aparece esto para mostrarnos que todo terminó, que la belleza y la virtud son efímeras, nada es para siempre, todo se acaba. El Neoclasicismo ha alcanzado su fin, y llegan entonces unos hombres perdidos, solos, melancólicos, que se han dado cuenta que la razón, así como la ciencia y la religión, tampoco es la respuesta a la vida, y optan entonces por preguntarse dentro de ellos mismos, y ver si allí, donde radican sus más puros miedos y sentimientos, es que logran encontrar la verdad. Antes de salir de la exposición, se muestra por último una pintura que refleja a una mujer pobre cargando con sus hijos sucios e igual de tristes. Los seres que se encuentran en las salas que uno ha dejado atrás son Dioses; estos que se muestran ahora frente a nuestros ojos, son seres humanos, como todos nosotros. Un triste pero bello recordatorio para salir de allí con un suspiro, fuente de la magia del tiempo, fuente de verdad, de virtud y belleza.
Víctor Daniel López
< VDL >


Deja un comentario