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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

La endemoniada revelación de mi ser

Aquella mañana desperté justo cuando los pájaros dejaron de cantar. Habían terminado ellos y apenas comenzaba yo. Tomé mi ducha de cada mañana, fría como siempre. Me vestí mientras pensaba en la misma rutina a vivir el día de hoy desde hacía más de veinte años. Pero no fue así, algo cambió aquel día, algo fue diferente y tomó otro tumbo el viento, el universo y la vida. Justo al salir de mi casa cerrando de golpe la puerta del zaguán delantero, me sucedió un hecho que quizás ninguno de ustedes logre creerme y busquen en vez de ello asesinar cada palabra mía con tal escepticismo para hacerme creer que nada fue cierto. Pero os pido un poco de locura suya para creer en mí. Al fin y al cabo, siempre se necesita de ella para creer en las cosas más grandes y fantásticas de esta corriente de misteriosas aguas llamada “vida”. En fin, no continúo más con mi batalla por convencerlos y mejor les narraré lo que me aconteció. Al salir de mi casa, con lo que me encontré aquella mañana calurosa y a esas horas ya tan llena de luz, fue con un ser que había pasado por allí decidido a encontrarse conmigo. Lo primero en que me fijé fue en su sonrisa, tan misteriosa y llena de secretos. Retadora. Nos quedamos viendo y no dijimos nada como por diez o quince minutos. Pero su sonrisa seguía allí, rompiendo el silencio y diciendo todo, aquello que yo sabía, aquello que yo guardaba, todo y nada, todo. Al tratar de acercarme un poco más hacia él, éste hizo lo contrario y dio un paso hacia atrás. Lo examiné de pies a cabeza sin siquiera moverme un poco, y hasta parecía que había dejado yo de respirar. ¡Me faltaba el aliento! ¡Me estaba yendo! Quise entonces decir algo, pero él llevo su mano derecha al frente y con el dedo índice se tocó los labios. Aquellas manos, aquel cabello erizado como olas en corriente bajo la noche. Párpados de intriga. La piel tan vívida y su sonrisa que era dulce como la fresca brisa. ¡Y hasta sus pensamientos autistas podía verlos yo a través de sus poros! “Loco, maniático”, murmuré dentro de mí. Y él pareció escucharme, pues su sonrisa se había vuelto aún más grande. Entonces, a través de su mirada es que me vi yo. Con mi mirada, él se vio. ¡Tenía parado frente a mí una réplica idéntica de mi cuerpo, y, lo sabía, hasta de mi ser! Sabía que no era un sueño porque los pájaros ya no cantaban, y los pájaros siempre cantan en los sueños. Era realidad, yo tenía aquella mañana un espejo sin filtro delante de mí, sonriéndome y yéndose a burlar de mi desgracia, diciéndome con su silencio que todo lo que había vivido no solamente era de mí, sino también lo tenía él. Me dio coraje, impotencia, una furia se apoderó de toda mi sangre, mi mente y mi alma (si es que la tengo, porque con esta revelación maldita ya no lo creo). Al fin mi reflejo, o la copia de mí, o lo que sea que fuese aquel monstruo-demonio, abrió sus labios, ¡mejor dicho mis labios!, y soltó una risotada que me hizo encolerizar aún más. El mundo parecía también haberse detenido en su respiración, pues en aquel momento nadie ni nada más existía para los dos. Vi en su mirada toda mi vida, la laguna de mis recuerdos, la cuerda que carga cada uno de todos mis sueños. Mis peores duelos, mis más oscuros secretos, las inocentes risas de mi tierna infancia, las noches de fiesta que me parecieron eternas, mis amigos y familia, ¡tantos recuerdos! Las noches de insomnio, el día consolando al silencio. Los mejores orgasmos y los peores años. Mis pensamientos, que aferrados a mí con la única gravedad que existía dentro de mi cosmos interno, ahora resultaban pertenecer también a él. Me daba cuenta de que nunca había estado solo, y que todo lo que había dicho, pensado, añorado, suplicado, amado u odiado, también eran parte de la vida de ese otro. De aquel intruso que había ido a arruinarme la esencia de todo. Siguió creciendo mi ira, hasta que ardió dentro de mí el infierno mismo. Cerré mis (nuestros) ojos por un momento, y aún en aquella oscuridad tan silenciosa e “íntima” pude seguirlo viendo ahí, parado frente a mí con su sonrisa hipócrita y estúpida. No pasaron más de unos minutos cuando al fin decidí lanzarme hacia él con toda mi energía fundiéndose con la rabia de mi razonamiento, cólera carbonizada dentro. Me abalancé hacia él con mis manos por delante para sacarle los ojos, y, junto con ellos, toda mi vida. Se los arrebaté, tal y como él me había arrebatado todo lo mío. Y entonces, cuando después de aquel acto tranquilizador para mí me llevó a tener aquellas dos piezas dentro del puño de mi mano derecha, me di cuenta de algo. Mis ojos, ahora los únicamente míos… comenzaron a sangrar. Lloraban. Sangre.

Víctor Daniel López
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