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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

El camino que lleva hacia la nada

Todo era oscuro y hacía mucho calor; la humedad se escurría por el poco aire que alcanzaba a pasar allí dentro. Siguió avanzando a paso lento, con cuidado de no tropezar o estrellarse contra algo. El olor era una mezcolanza de varias cosas que no podía siquiera distinguir. Las piernas le temblaban después de mucho tiempo de haber permanecido sentado, casi sin moverse. Al alzar los brazos para orientarse mejor, podía notar que la superficie de las paredes a los costados era blanda y mucosa. El corazón le latía muy deprisa, y su respiración era agitada y entrecortada,  pues jamás había pensado que llegaría el momento en que al fin decidiera levantarse para ir a averiguar lo que pudiese estar escondido y esperando más allá; lo desconocido, aquello que se encuentra del otro lado y causa tanta intriga.

Caminaba lentamente y a pesar de reinar el silencio, sentía pequeños rayos que pasaban alrededor de él, como avispas, a velocidad de la luz o del sonido, tan deprisa. Como en cadena y siguiendo una misma dirección. También de vez en cuando pequeños destellos podían observarse a lo lejos. ¿Qué era aquello? No lo sabía, pero aun así permanecía el interés para seguir andando. Lo había decidido y ahora ya era muy tarde para detener el paso y echarse hacia atrás. Iba despacio, con mucha cautela. Daba vueltas a la derecha, luego a la izquierda; a veces caía por pequeñas y esponjosas rampas. No sabía a dónde iba, pero deseaba descifrar aquel enigma. No podía seguir esperando más.

Después de muchas horas de deambular por donde los caminos le iban indicando, se encontró descendiendo en un túnel mucho más angosto y bajo la humedad se percibía más y hasta resultaba ser un poco asfixiante. Sintió de pronto que comenzaban a empapársele las piernas con un líquido espeso. Caminaba ahora sobre un pequeño arroyo. Metió la mano derecha dentro de aquello y sintió cómo le colgaban hilos viscosos y tibios. Sintió asco, pero siguió andando, pues al fin y al cabo únicamente le llegaba hasta las rodillas. Al salir de aquel túnel, comenzó a ascender, desprendiéndose de aquellas aguas y sintiendo ahora frío, mucho frío, y más viento correr alrededor de él. A lo lejos, allá arriba, podía ver algo que al primer impacto cegó sus ojos por un momento; después, al acostumbrarse, vio que era un gran destello de luz, potente, como si fuese un sol, solamente que aquel sujeto no sabía lo que era un sol o una estrella o lo que nosotros conocemos como universo. Sintió una profunda emoción y la adrenalina correr a través de todo su cuerpo. Podía al fin encontrar la libertad que tanto había anhelado, descubrir lo nuevo, descifrar el mayor misterio de todos. Siguió subiendo, y el esplendor de luz cada vez se hacía más intenso. Tardaban en adaptarse sus ojos, así que por momentos se sentaba a descansar y después de acostumbrar su vista ante tanta luminosidad, se decidía a proseguir el paso. Al llegar hasta la cima de aquella subida, caminó primero recto y luego virando un poco hacia la izquierda. Al terminar de dar la vuelta fue entonces que pudo observar el final de todo aquel largo, cansado y misterioso camino. Una gran grieta se abrió ante él, de forma casi ovalada, como si fuera una oreja gigante. Y, del otro lado, vio ante sus ojos algo que jamás pudo haber imaginado. Luz, sonidos extraños que sacudían toda presencia del silencio. Una infinidad de colores que ni si quiera sabía que existieran. Un cóctel de fragancias múltiples que corría fuera y dentro de él. Algo majestuoso, otro mundo, quizás otra vida. De pronto, sintió cómo una fuerte corriente de viento lo golpeó, y él era tan ligero que aquel soplido lo despegó del suelo haciéndolo flotar y sacándolo de aquella caverna en donde había vivido desde siempre. Flotó por los aires en aquella dimensión de colores, sonidos, aromas y sensaciones; todo extraño para él, pero a la vez tan bello y esplendoroso. Se deslizaba con el viento alejándose cada vez más y más, viajando a una velocidad inimaginable. Su cuerpo se zarandeaba bruscamente. Pero él no sintió miedo; era libre, y experimentaba al fin emociones que nunca antes había conocido.

Después de tanto tiempo de ondear frágilmente sobre los aires, se desplomó violentamente lejos de donde había venido. Al menos, lejos para él. En ese instante cayó en la inconsciencia, pero cuando despertó y abrió los ojos, diose cuenta de nuevo de toda aquella maravilla que tenía frente a él. Alzó los brazos, alzó el rostro y vio tanto color allá arriba. Disfrutó de aquel placer tan inmenso, el gozo de estar afuera bañándose de la libertad plena y dichosa, aquello que el hombre desde siempre ha buscado. Al terminar de disfrutar su triunfo, varios minutos después, dio la media vuelta y sólo entonces fue que pudo comprenderlo todo. La felicidad que había sentido tan sólo unos instantes antes se evaporó. Su sonrisa se desfiguró y terminó por desaparecerse al observar justo en frente de sí, allá a lo lejos, una réplica exacta de él pero con una proporción infinitamente mayor. Una estatua gigantesca que representaba tal cual su persona y cuerpo. No, no una estatua, era un gigante con movimiento, y voz, y vida. Entonces lo entendió todo, absolutamente todo. Con desánimo y pena bajó la mirada. Se dio cuenta de que él nunca podría ser libre, que pertenecía a aquel ser mucho más grande, que él solamente estaba destinado a vivir dentro de aquella caverna oscura, silenciosa y húmeda que se encontraba dentro del interior de la cabeza de aquel gigante. A paso lento regresó y emprendió la vuelta a aquel lugar al que correspondía, adentrándose de nuevo al ser del que había sido esclavo siempre.

Víctor Daniel López
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